Después de las elecciones: Enfrentándome a mí misma, el 81% y una congregación latina

Nota del Editor: Este artículo originalmente fue publicado en inglés el 13 de noviembre, 2017 en happysonship.com

Me saludaron calurosamente aun antes de entrar por la puerta de Iglesia Vida. Todos estaban hablando español hasta que me vieron.

"Hola. ¡Buenos días! "Dijeron amablemente en inglés, mientras sonreían.

"¿Resalto tanto así?" pensé. Sí, gringa, eres tan obvia.

Los bordes suaves de las palabras en español eran igual de calurosas cuando se hablaban con los bordes agudos del inglés. Una mujer, que estaba a la puerta del santuario, agarró mi mano y la apretó.

"¡Hola! La pastora Liz nos dijo que vendrías ."

Ni siquiera había tenido la oportunidad de presentarme y el ujier ya sabía quién era. La mujer blanca, alta y torpe no iba a ser fácil de pasar por alto. Ella me tomó del brazo y me guió a la primera fila de enfrente para que pudiera sentarme al lado de los pastores.

 Antes de que llegara, me imaginé a mí misma entrando silenciosamente a la última fila de la iglesia atenuada, escuchando el servicio, saludando a mis amigos que pastoreaban esta iglesia, y luego regresando a casa.

Ahora me río de mí misma cuando lo pienso. Nunca iba a suceder de la forma que me lo imagine. Cuando convives con la cultura latina es notorio ser bienvenido y que te hagan sentir en familia.   

*****

Posteriormente a las elecciones le había preguntado a Liz y a Alex si podía asistir a su iglesia como un simple acto de solidaridad con ellos y su comunidad. Liz y Alex son pastores latinos y evangélicos, que provienen de una larga lista de pastores y han estado sirviendo a la comunidad latina e inmigrante en California por muchos años.

Compartimos muchas conversaciones antes y después de las elecciones. Estas conversaciones habían sido francas y dolorosas. Había un sentir de traición de que muchos cristianos y líderes blancos les habían dado la espalda a la comunidad latina e inmigrante y habían elegido ignorar sus voces, su liderazgo y el bienestar de sus familias.

 Conocía acerca de las dificultades económicas que han llevado a las familias latinoamericanas a inmigrar, incluidos los efectos devastadores del comercio y la política exterior de Estados Unidos en América Latina. A parte, existen obstáculos insuperables que muchos enfrentan al tratar de obtener una residencia o ciudadanía en los Estados Unidos. Los diversos caminos que toman los inmigrantes no son necesariamente lo que ellos hubieran elegido por sí mismos, pero hacen lo que tienen que hacer por sus familias y para el futuro de sus hijos.

***** 

La noche de las elecciones presidenciales del 2016, nos reunimos unos amigos y conocidos en las oficinas locales de una red y organización comunitaria. Estas eran personas con las que había trabajado haciendo encuestas, visitado vecindarios, y luchado por una reforma migratoria y en contra de la brutalidad policial. Habíamos comido juntos e intercambiado historias de la vida. Éramos un grupo diverso, desde el punto de vista económico, racial y religioso, algunos ciudadanos, otros indocumentados pero todos trabajábamos para crear una sociedad más justa y equitativa. 

Mientras progresaba la noche y se anunciaban los resultados electorales de  cada estado, empecé a asimilar lo que estaba pasando. Me senté encorvada sobre el suelo de linóleo en el pasillo oscuro. Tenía mi teléfono celular conmigo. Estaba entrando una oleada constante de mensajes de texto y llamadas. Mis amigos y yo estábamos procesando nuestro shock, temor y enojo. Sabíamos que esto podría suceder. Pero, ¿realmente estaba pasando? Los temores más profundos de una madre afroamericana por su hijo joven. Una amiga que anteriormente había sido indocumentada, que  ahora se preocupaba por un familiar que estaba gravemente enfermo, pero que no tenía documentos.

No quería que nadie me viera llorando. Siempre estoy consciente de lo fácil que lloro, pero especialmente cuando estoy en presencia de una diversidad racial. Demasiado seguido, he visto las lágrimas de mujeres blancas ser utilizadas para manipular y distraernos de lidiar con nuestra propia complicidad en el racismo interpersonal y sistémico.

Mientras escuchaba el temor intenso, el enojo y la incertidumbre de mis amigos, especialmente los de las comunidades ya marginadas en nuestro país, sentí el peso de que mi gente, los evangélicos blancos, habían votado en cantidades abrumadoras, por este nuevo presidente.

He estado inmersa en la cultura evangélica blanca la mayor parte de mi vida. Nací y crecí en iglesias evangélicas, conservadoras y blancas, y fui educada en sus escuelas, hasta mi educación de postgrado. Trabajé durante más de una década como profesor en una universidad cristiana evangélica.

Y resulta que ahora, aquí estábamos. Estaba en todos los noticieros de cómo los evangélicos blancos habían jugado un papel tan central en la elección de Donald Trump. El ochenta y uno por ciento fue el número que se repetía una y otra vez. ¡El ochenta y uno por ciento de los evangélicos blancos votaron por Donald Trump!

Sentada allí en ese pasillo, me esforcé todo lo que pude por no llorar, pero de todos modos, se me salían las lagrimas.  

*****

 Había asumido que el servicio sería en español. Sabía que no podría participar completamente o seguir de cerca ya que no hablo el español. Pero aún así, quería asistir. Mi habilidad o inhabilidad de comprender el lenguaje nunca debería ser un requisito para estar en solidaridad.

Para mi sorpresa, el servicio era bilingüe, español e inglés, traducido simultáneamente. Iglesia Vida había hecho la transición a servicios bilingües por su compromiso a tomar en cuenta a los jóvenes latinos, muchos de los cuales se sienten más cómodos con el inglés, aun si hablan el español. Además, la iglesia quería crear un espacio abierto e inclusivo para el mayor número de personas posible.

Alex y Liz hablaron en conjunto, casi hablando el uno sobre el otro, pero no del todo, ya que fluían rápidamente entre los dos idiomas. Lo hacían de tal forma que no parecía que un idioma o el otro estuviera siendo traducido. En un momento dado, me di cuenta de que mis ojos se movían rápidamente entre los dos oradores. Solo puedo imaginar lo frenético que debí de haberme visto antes de darme cuenta de que podía centrarme simplemente en el orador principal, independientemente del idioma que se estuviera hablando. Estaba admirada de cuán rápido mi mente se adaptó y de que pude entrar a esa experiencia más plenamente de lo que hubiera anticipado.

Ya estuvo, con mi idea de sentarme hasta atrás y observar todo de una distancia cómoda.

*****

Fui sacudida por el resultado de las elecciones, de hecho, muchos de nosotros lo fuimos. Para orientarme de nuevo, y recuperar mi compostura comencé a leer un libro que tenía en mi estantería sobre la vida y la política de Jesús.

Jesús era de Nazaret de Galilea. Era de la parte más baja de un pueblo que ya tenía mala fama. Era una región humilde, ocupada por el Imperio Romano. Si hubieras crecido en ese tiempo en Nazaret, hablarías con un acento distinto, que la gente reconocería fácilmente y asumiría automáticamente que no eras educado ni inteligente, sin importar cuán brillante, educado o exitoso fueras.

Tal como hablar con acento español en los Estados Unidos.

Al crecer, fui parte de una generación a la que se le enseñó a ser "daltónico" y por consecuente ignorar el racismo. Entonces, aunque soy una persona blanca típica, de buen corazón y bien intencionada, puedo ser extremadamente ignorante cuando se trata a cerca del racismo en Estados Unidos.

Con los años, he tratado de educarme sobre cuestiones de racismo. Como persona blanca, no es fácil ni cómodo enfrentar directamente las realidades del racismo, pasado y presente. Más allá de eso, hay recordatorios siempre presentes de la naturaleza sutilmente engañosa y predominante del racismo. A veces esos recordatorios todavía me quitan el aliento. 

Esta fue una de esas veces.

Había contemplado pasar por alto el discurso preelectoral de Donald Trump en la Convención Nacional Republicana del 2016. No quería oír las cosas intolerantes que diría, incluso cuando se expresaba en frases astutas como para evitar decir lo que claramente estaba comunicando. Todos los escritores de discursos políticos hacen esto hasta cierto punto, pero el velo se había desgastado y la diplomacia claramente no era lo suyo. Durante la campaña electoral, ya había etiquetado a los inmigrantes mexicanos como criminales, violadores y traficantes de drogas.

Eso es exactamente lo que hizo una vez más. Al principio de su discurso, personas que yo conocía y amaba eran pintadas como salvajes esperando atacar a personas inocentes: "deambulan libremente para amenazar a ciudadanos pacíficos" y niños estadounidenses sacrificados en el "altar de fronteras abiertas". Su apelación directa al racismo colocado en el subconsciente de nuestro país, desencadenó una respuesta emocional primitiva en mí de horror, furia y lamento.

 Sabía que escuchar el discurso de Donald Trump sería difícil, pero sinceramente no esperaba una reacción tan intensa. Inclinándome sobre el lavabo del baño, tuve dificultad para respirar. Sollocé en el teléfono con mi amiga, quien es una inmigrante Sudamericana. 

****

Me sentí dividida en dos.

Por un lado, estaba envuelta en la calidez y la bienvenida de esta comunidad reunida para adorar. Por otro lado, tenía un sentido de vergüenza y separación. Sabía las amenazas inminentes para muchas de estas familias bajo esta nueva presidencia. Habría aumento a deportaciones,  familias en peligro de ser destrozadas, pérdida de empleo y la construcción de un muro.  Y arriba de todo eso, niños latinos siendo objeto de burlas en la escuela con lemas y cánticos inspirados por Trump. 

Mi gente había votado por este nuevo presidente. El ochenta y uno por ciento. Me sentía abrumada,  mientras, el pastor Alex oraba en contra del temor y la incertidumbre de su congregación, pero a la vez tomaban consuelo en la esperanza y bondad que se nos ofrece en Cristo.

Y luego escuché al Pastor Alex decir mi nombre.

****

Estaba parada en la primera fila sola. Liz y Alex estaban en el escenario con su hijo adolescente, quien dirigía la alabanza, mientras la banda tocaba en el fondo. En el momento en que el pastor Alex dijo que le gustaría orar por mí, las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

Tal vez fue mi enojo por el ochenta y uno por ciento. Tal vez fue el dolor que sentí personalmente como un evangélico blanco. Tal vez fue un sentimiento de gratitud poder adorar con esta comunidad, a pesar de quién era y a quién representaba.

Tal vez fue mi propia vergüenza que vine a esta iglesia para apoyar a personas "necesitadas", pero me recordaron, una vez más, que yo soy la necesitada.

Me quedé allí llorando mientras la gente de Iglesia Vida me rodeaba y oraba. Oraron por mí en español. Tomé la mano de un adolescente que estaba a mi lado izquierdo y  la mano de una mujer del lado contrario. Me aferraba a ellos como si mi vida dependiera de ellos.

Como comunidad, extendieron la gracia, la generosidad y el liderazgo espiritual a una mujer blanca que no conocían, que no había hecho nada para merecerla. No fui absuelta del racismo. No me hicieron sentir mejor acerca de mí misma como una "buena persona blanca". Más bien, y lo que es más importante, me ofrecieron guíanza y claridad en medio de tanto caos e incertidumbre.

Después del servicio, estaba tratando de procesar lo que acababa de experimentar. Estaba luchando por encontrar las palabras adecuadas cuando Alex dijo: "Creo que nuestra iglesia acaba de comisionarte para el trabajo de anti racismo y justicia racial, específicamente el trabajo que se tiene que hacer entre la gente blanca.

Esto no era lo que esperaba cuando llegué a la iglesia ese domingo, pero me fui sabiendo que había sido comisionada y enviada por la gente de Iglesia Vida. Era lógico que esta mujer blanca fuera comisionada por una comunidad de fe multicultural, y de habla hispana, muchos de los cuales eran inmigrantes.

****

Los líderes religiosos de aquella época se sorprendieron cuando Jesús habló en la entrada del templo con tanta autoridad. ¿Quién era este hombre, y quién creía que era?

Solo un hombre humilde de Galilea. Quién hablaba con acento.

Brandy Liebscher